La reciente incautación por parte de Estados Unidos de otro petrolero venezolano en ruta hacia China no es una acción aislada ni un simple acto de cumplimiento de sanciones. Tampoco se trata principalmente del petróleo. Forma parte de un objetivo estratégico más amplio que ha sido consistente a lo largo de distintas administraciones: sacar a Nicolás Maduro del poder sin lanzar una invasión convencional.
El objetivo político de Washington: la ilegitimidad de Maduro
Desde la perspectiva de Washington, Maduro no es simplemente un líder adversario, sino un gobernante ilegítimo. Estados Unidos, junto con la mayor parte de Occidente, rechazó la credibilidad de la última elección presidencial en Venezuela, considerándola estructuralmente manipulada y carente de legitimidad democrática. A este juicio político se suma uno legal: Maduro está formalmente acusado en tribunales estadounidenses por graves cargos de narcotráfico, señalado como líder o facilitador de un aparato narcoestatal entrelazado con organizaciones criminales armadas.
Cargos criminales y nuevas herramientas legales
Cuando EE. UU. designó a los principales carteles transnacionales de la droga como organizaciones terroristas internacionales, amplió de manera significativa las herramientas legales y operativas a disposición de las autoridades estadounidenses. Esto no implica automáticamente un mandato para una invasión militar, pero sí habilita acciones agresivas de interdicción, incautaciones y aplicación extraterritorial de la ley, especialmente en aguas internacionales. En otras palabras, EE. UU. no necesita invadir Venezuela para ejercer presión decisiva sobre el régimen.
Por qué EE. UU. no necesita invadir Venezuela
Y hay pocos indicios de que Donald Trump —o cualquier administración estadounidense reciente— quiera una invasión a gran escala. Una acción de ese tipo sería costosa, desestabilizadora y políticamente riesgosa. En su lugar, la estrategia ha virado hacia cortar el oxígeno del régimen: su capacidad de monetizar petróleo fuera de los mercados formales.
Aquí es donde la presencia naval cobra sentido.
El límite de las sanciones tradicionales
Las sanciones, por sí solas, rara vez funcionan como se promete. Históricamente, los regímenes sancionados se adaptan. Las mercancías se redirigen. El dinero fluye a través de intermediarios. El mercado negro se convierte en el mercado real. Venezuela no es la excepción. Durante años, las exportaciones de crudo continuaron mediante transferencias de barco a barco, petroleros reabanderados, intermediarios opacos y compradores dispuestos a asumir riesgos legales, muchas veces en Asia.
La interdicción marítima como estrategia real
Lo que la administración Trump parece haber hecho de manera distinta es reconocer esta realidad y actuar en consecuencia. En lugar de fingir que las sanciones detienen los flujos, avanzó hacia interrumpir físicamente el propio mercado negro, al menos en la cuenca del Caribe. Los buques de la Marina estadounidense, los grupos de portaaviones y los activos de vigilancia marítima no están allí para preparar un asalto anfibio a Caracas; están allí para controlar las rutas marítimas, elevar el costo de la evasión y hacer que el comercio ilícito de petróleo sea materialmente peligroso.
China y el punto de quiebre del silencio
Al interceptar petroleros —incluso aquellos con destino a China— EE. UU. está enviando una señal clara: la geografía ya no ofrece cobertura. El Caribe ha dejado de ser una zona gris permisiva donde el crudo venezolano puede deslizarse silenciosamente hacia los mercados globales. Esto no es solo la aplicación de sanciones, sino la aplicación del acceso.
La implicancia más amplia es estratégica: si Maduro no puede vender petróleo de manera confiable, no puede sostener redes de patronazgo, servicios de seguridad ni la lealtad de las élites. Este enfoque apunta directamente a los mecanismos de supervivencia del régimen, sin disparar un solo tiro en suelo venezolano.
Las recientes objeciones de China subrayan este punto. Pekín guardó silencio cuando las incautaciones anteriores no afectaban de manera significativa sus cadenas de suministro. Solo cuando la aplicación de la ley comenzó a amenazar rutas vinculadas a intereses chinos, el tema se convirtió repentinamente en una cuestión de “derecho internacional”. Esa reacción confirma lo que EE. UU. ya entiende: la presión funciona cuando deja de ser simbólica y pasa a ser estructural.
Conclusión: presión estructural sin ocupación
En resumen, la estrategia estadounidense no es la invasión: es contención, desgaste y aislamiento, ejecutados desde el mar. El objetivo es hacer imposible la gobernabilidad para Maduro, no ocupar Venezuela. Si esto tendrá éxito final o no es una pregunta abierta. Pero la lógica es clara: si el mercado negro se cierra junto con los canales formales, al régimen no le queda ningún lugar donde esconderse.
